Vamos a bailar la cumbia (Cuento)
July 7, 2008
Por: Guillermo Jaramillo Torres
Vamos a bailar la cumbia
porque la cumbia emociona”.
Cumbia cienaguera
Juan Jiménez “Guayaspa”
Una vez que se abre el día y se caen las horas y andamos de un lado a otro, le digo a mi primo Miguel —Vente loco, vamos con el ruco a rolarnos un rato, ando cansado, ya estuvo de andarla girando toda la tarde.
Ese día habíamos salido muy temprano de la Secundaria a raíz de andar de locos a la hora del descanso, bloqueando, bien prendidos al mugrero; eran días de aprendizaje, siempre o era calor o era frío, pero nunca un día se parecía a otro aun y cuando cada dos días a la semana nos salíamos volando de las aulas a petición de la maestra de Catecismo, que era como conocíamos a la clase de Civismo que impartía la hermana de un político.
—No aprenden muchachos, están perdidos en las garras del maligno, crean y teman porque una hoja de un árbol no se mueve sin la voluntad del Creador. Hagan el favor de salirse, van a contaminar al grupo. Vayan y lávense la cara y se regresan —y señalaba con su brazo gordo la única puerta del salón de clases que al traspasarla era como viajar en un auto sin capacete o deslizarnos en un gran resbaladero y dar tumbos. Miguel y yo no regresábamos a las cuatro horas de clase que nos restaban.
Una vez que se abre el día y se caen las horas y ando de un lado a otro, recuerdo aquellos días en que la banda era un grupo de gente en quien confiabas, en que la banda era Caifanes o Viceversa que acompañaba a Sabina, en que la banda eran aquellas personas que nunca te iban a abandonar. Una vez que se abre el día y se caen las horas y ando de un lado a otro, recuerdo aquellos días en que le decía a mi primo Miguel —Vente loco ahorita llega la banda y pues nos la curamos un rato. El Tito va a traerse el guiro y ya sabes que el ruco siempre saca el acordeón. —y Miguel se reía, me lanzaba un gancho al hígado y yo contestaba con una mueca falsa de malencarado “qué puto”. Caminábamos la 20 y silbábamos canciones modernas, nos estirábamos el copete medio decolorado y naranja y los muchachos de la cuadra nos saludaban haciendo pasar el aire por entre los dientes.
Ahora que veo a los muchachos caminar la Alameda me viene el recuerdo de Miguel y yo caminando la 20, siempre con esa constante de “nos la vamos a pasar bien”, siempre pensando en que el futuro es algo muy lejano, que lo que en realidad importa es entonarse bien una vez que la amapola sube a los ojos y nubla y cansa y destrona… que lo que en realidad importaba en aquel entonces era mantenernos con la misma muchacha que nos acompañó a ver a Titanic y que lloró cuando Jack se sentía sin sangre y moría.
—Qué onda pinche Miguelito, sigues de burrote en la escuela —le decía el ruco a mi primo cuando apenas nos sentábamos en la banqueta a platicar. El ruco abría los brazos, tomaba aire y comenzaba a entonar una nota larga en el acordeón, luego el acorde
Virgen de la Candelaria
patrona de Cartagena”.
el ruco cerraba los labios mientras le mentábamos la madre en señal de que siguiera, pero él sólo movía los ojos en dirección de la tienda de César.
— ¿Ya quiere el mugrero Don? Deje que llegue el Tito, trae feria, nosotros nada más completamos una guamilla, pérese —gruñía Nando pero el ruco no volvía a tocar el acordeón hasta que le daba un trago a la caguama. Aun así Nando, Miguel, el Mao, el Polaco y yo tratábamos de sacarle algunas notas al instrumento, y aunque yo era el más diestro en el artificio no conseguía pasar de la “Cumbia en la Playa”. Nos faltaba el guiro y un tambo, así que cuando llegaba Tito ya estábamos adormecidos por el alcohol y el ruco tocaba la “Cumbia de Noemí”.
— ¿Traes el churro? —preguntaba el Mao.
—Si ya sábanas pa´ qué colchas morro, ¿cuándo les he quedado mal yo, eh cuándo? Nada más sordos por si pasa mi carnal, si anda aquí nosotros ni en cuenta, es del ruco, ¿verdad ruco, o se pandea? —y el ruco nada más cerraba los ojos y asentía con la cabeza mientras todos coreábamos:
ay monaguilla
bailemos guararé
te llevo a Barranquilla…”
Y la noche se iba haciendo poco a poco más noche, y Miguel y yo tomábamos el guiro y el tambo respectivamente y se abría la voz de Landero en la voz del ruco
recuerdo aquella noche en que bailabas cumbia
que yo te iba enamorando”.
Y luego el Polaco pedía “Con él” y volvía la ronda de Celso:
cuando estés con él dile
cuando estés con él dile
dile que anoche estuviste conmigo
dile que anoche…
tienes que decidirte amorcito
te vas con él o te quedas conmigo…
o será mejor que esta noche terminemos”.
—Rola el toque Tito, no seas sordo, ya me di tinte que le has dado cuatro vaisas, si no´ más es de a dos morro —le decía al Tito pero este como si nada, rasca que rasca el guiro y fume que fume lo que creímos era amapola y ya en esos días comenzaba a contener veneno para rata.
Aun ahora sigo recordando esa constante de “nos la vamos a pasar bien”, siempre pensando en que el futuro es algo muy lejano, que lo que en realidad importa es entonarse bien una vez que has conseguido un empleo agradable … que lo que en realidad importaba en aquel entonces era mantenernos con la misma muchacha que nos acompañó a ver a Titanic y que lloró cuando Jack se sentía sin sangre y moría.
Miguel se casó con otra y ahora vive con quien no se casó y yo sigo acá, a veces solo aunque esté acompañado, y una vez que se abre el día y se caen las horas y andamos de un lado a otro, me dan ganas de decirle a mi primo Miguel —Vente loco, vamos con el ruco a rolarnos un rato, ando cansado, ya estuvo de andarla girando toda la tarde —pero Miguel ni me oye ni yo le hablo.
(Foto: Guillermo Jaramillo Torres)

