Pablo P

Pareciera que hacia afuera solo existe Colombia estas semanas y que valdría la pena mirar en otra dirección por un momento, pero en el instante que te descuidas sale otro negrito más en el arroz que más bien parecen los moros con cristianos de cualquier cocina costeña. Definitivamente hay razones de más para estar felices por la libertad de quienes pasaron tanto tiempo en manos de las FARC, seguramente esposas e hijos tienen todas las razones para disfrutar de unos momentos de paz y alegria, a pesar de que la prensa mediocre de este continente esté presta a buscarle el lado “del corazón” a la nota. Pero tristemente tiene un lado más bien obscuro que habla sobre el más elemental respeto a las instituciones mundiales.

En el operativo de rescate tan bien montado por el ejercito colombiano y los “contratistas” norteamericanos se utilizó el emblema de la Cruz Roja, lo aceptó el mismo Uribe al decir que el piloto “por nerviosismo” sacó una tela con los emlemas de la ONG y se la puso sobre el chaleco al aterrizar. Pero nunca dice por qué llevaba el emblema consigo, lo cual es una violación a los tratados de Ginebra constituyendo, como acertadamente se ha adelantado, un crimen de guerra.

¿Porqué tanto escandalo? Porque ya hace algunos años se estableció en Ginebra como una de las reglas fundamentales de los conflictos bélicos que si un día te encuentras en la línea de fuego aquellos individuos que ostenten la cruz roja (o la media luna roja en caso de los países musulmanes) intentarán salvarte la vida en vez de cortartela con un tiro entre ceja y oreja. Motivo por el cual se supone que se les debe respetar y no dirigir hacia ellos fuego o metralla. Sin embargo el Comité Internacional de la Cruz Roja no se muestra sorprendido y comenta que en Colombia es común que se use de manera indebida su emblema, lo cual tiene como consecuencia la perdida de confianza en la institución cuyos vehículos (cargados con médicos, no con “contratistas” americanos) han recibido el fuego de las FARC en varias ocasiones ya que el gobierno colombiano usa vehículos pintados del mismo color para sus operaciones.

El vicepresidente colombiano desestima las evidencias y las mismas declaraciones de su presidente (¿Nos recuerda a alguien?) para afirmar que no hubo ninguna usurpación pero promete investigar el tema. Y con una disculpa se olvidará todo.

Por otro lado, el mismo presidente Uribe, en una nota que se pierde entre las páginas de las noticias internacionales, afirma que no está dispuesto a repetir las elecciones presidenciales del 2006. Ahora que goza del 90 por ciento de aceptación en su país se siente gallo en corral propio y no tiene que darle cuentas a nadie, siendo que una semana antes del reality show de Betancourt colgaba sobre él como espada de Damocles la ilegalidad de su mandato al quedar claro que la juez de la Suprema Corte, Yidis Medina, vendió su voto para modificar la carta magna y permitir la reeleción. A la juez se le condenó a prisión domiciliaria (tan dura la justicia colombiana como la nuestra), y cuando algunas voces se levantaron pidiendo que se castigara al que sobornó y no solo al sobornado, Uribe ofreció repetir las elecciones y se llevó a cabo la emotiva liberación de la que ya todos sabemos, con el resultado de que la popularidad del presidente se fue por los cielos, más no así su legitimidad. Pues no cuesta mucho imaginar que si se compró una modificación a la constitución, se pudieron comprar funcionarios electorales, rellenar urnas o tener oportunas caidas del sistema. 

Pero todo se arregla con una disculpa: rompimos los acuerdos de Ginebra, disculpe usted; sobornamos a la Suprema Corte de Justicia, disculpe usted. Borrón y cuenta nueva.

Pero, por otro lado, pa que no digan que todo va contra el media hero de Uribe, Uruguay, ese país donde el presidente es médico y no político, tuvo un crecimiento del PIB del 10 por ciento en el primer trimestre, y a nosotros, igual que en Colombia, nos siguen vendiendo historias de televisión que no se le ocurrirían ni a los más fumados libretistas de Hanna Barbera en los setentas… creo que los gobiernos, como dicen de los niños, calladitos se ven más bonitos.

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