José Juan Zapata Pacheco

U N O /// En abril de 1915, en los campos de Celaya, Irapuato y León, se libró la batalla que habría de definir el destino de México durante el siglo XX. La temible División del Norte, en la cumbre de su gloria y poderío militar, legitimada por la Convención de Aguascalientes, se enfrentó al ejército constitucionalista (en ese momento rebelde) de Álvaro Obregón.

Luego de días de combate, la caballería villista no pudo derrotar a las fuerzas de Obregón, que recurrieron a la guerra de trincheras (traída por los agentes alemanes contactados por Carranza en plena Primera Guerra Mundial) para detenerlos.

Tras la derrota, la División se desbandó, Villa huyó de regreso a Chihuahua y sus jefes continuaron la guerra de guerrillas hasta que uno a uno fueron cayendo prisioneros y murieron fusilados.

Con esto llegaba a su fin la historia del puñado de hombres que iniciaron la revolución dese el mismísimo 20 de noviembre de 1910.

Como bien apunta Pedro Salmerón en su magistral investigación La División del Norte: La tierra, los hombres y la historia de un ejército del pueblo (Editorial Planeta, 2006), el brillo y la aureola de leyenda de Pancho Villa ha opacado la importancia que los jefes militares de Chihuahua y La Laguna jugaron en la configuración del que ha sido llamado “el mayor ejército revolucionario de América Latina”

 

D O S /// La Loma es una población ubicada a unos 40 kilómetros de la ciudad de Torreón. Para llegar hay que tomar la autopista a Durango, desviarse por la carretera libre en León Guzmán y luego tomar el entronque que lleva hacia este pequeño ejido cuyo atractivo principal es la antigua hacienda ahora convertida en modesto museo.

Hasta este lugar, el 29 de septiembre de 1913, llegaron a junta los guerrilleros regionales de Chihuahua, Durango y el suroeste de Coahuila, convocados por Villa, y convencidos de que sólo la unión podía beneficiarlos.

Todos ellos llevaban más de tres años combatiendo. Los villistas antes que nada fueron maderistas, y se levantaron en armas puntualmente el 20 de noviembre de 1910. Incluso Toribio Ortega, en Cuchillo Parado, Chihuahua, tiene el honor de haberse rebelado cuatro días antes (13 de noviembre) a que Aquiles Serdán cayera asesinado en Puebla por las balas de la policía.

Jefes como Maclovio Herrera y Rosalío Hernández en el sur de Chihuahua, Tomás Urbina en el sur de Durango, Calixto Contreras y Orestes Pereyra en el oriente del estado, Eugenio Aguirre Benavides y José Isabel Robles en la zona coahuilense de La Laguna y Torreón, así como Villa en el centro de Chihuahua y Ortega en la zona de Ojinaga, eran caudillos regionales, hoscos, violentos, herederos de una tradición de “defensores de la frontera” forjada durante las guerras apaches del siglo XIX, que con la llegada de la “paz” porfirista vieron cómo su independencia política y económica, ganada incluso desde la época colonial eran mancillada por una nueva élite capitalista.

De todos ellos pasa revista Salmerón en su libro, mostrando que la historia del villismo es una que se remonta muchos años antes de la Revolución, donde se encuentran las causas de por qué estos hombres decidieron tomar las armas en respuesta a los agravios que tuvieron que soportar durante el porfiriato.

Es por eso que un libro como La División del Norte, resulta indispensable de cara al centenario de la Revolución Mexicana. Un libro que se detiene, antes que en la espléndida figura de Villa –cuya leyenda él mismo acrecentó- en la de sus lugartenientes, los generales de las brigadas de la División del Norte: rancheros, maestros, obreros, mineros del norte lanzados a las armas y unificados por la Junta de la Loma, en que se designó a Villa como el general en jefe de todas las fuerzas de Chihuahua, Durango y La Laguna.

 

T R E S /// Pero no solo los rancheros y obreros se unieron a Villa. Hemos dicho que los villistas eran antes que nada maderistas, por lo que la élite intelectual maderista no tardó en hallar junto a Villa su lugar natural. Hombres como Luis Aguirre Benavides, quien sería secretario particular del general Villa; Roque González Garza, quien llegaría a ser Presidente interino de la República; o del propio Felipe Ángeles, educado artillero y nato estratega militar. Incluso uno de los hermanos de Madero, Raúl, fue el segundo al mando de la Brigada Zaragoza de Eugenio Aguirre Benavides.

El villismo, tal como apunta Salmerón, fue un movimiento derrotado. Los campos de Guanajuato son testigos de su gesta final, pero su influencia ha sido determinante en los movimientos sociales y agraristas que se produjeron en el norte de México en la post-revolución.

Además, la gesta villista de 1914 sigue presente en el imaginario popular de modo que el culto a la figura de Villa como santo popular va en aumento. Dos estatuas ecuestres de Villa parecieran adornar la cima de sus mayores glorias. Una de ellas se encuentra en el Cerro de la Pila, una pequeña loma de Gómez Palacio, Durango, tomada a sangre y fuego el 25 de marzo de 1914 en una de las acciones más violentas de la Revolución, que ayudaría a definir la toma de Torreón. La segunda de ellas se encuentra en la cima del Cerro de la Bufa, tomada por las fuerzas de Villa el 23 de junio del mismo año, durante la toma de Zacatecas, con la que Salmerón cierra su investigación de la División del Norte.

Pero detrás de ambas acciones de guerra esta el pundonor de los hombres de la División del Norte, de la unión de las brigadas de Tomás Urbina, Calixto Contreras, Maclovio Herrera, Toribio Ortega, Eugenio Aguirre Benavides, José Isabel Robles, Rosalío Hernández, José E. Rodríguez, Trinidad Rodríguez, Juan E. García, Manuel Chao y Orestes Pereyra, sin quienes la caída de Huerta hubiera sido imposible y cuyos nombres siguen siendo ignorados por gran parte de los mexicanos.

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