Quitzé Fernández

Angélica escribe sus tristezas en hojas de cuaderno, después las arranca para olvidarlas de su presente. Ha vivido toda su adolescencia en una casa hogar, en medio de recuerdos, terapias y cuidados. Ahora se reencuentra con el mundo que alguna vez no comprendió.

Fue una sorpresa cuando Fernando llegó a Casa hogar del DIF Torreón para hablar con la directora, Martha Vázquez Campa. Pidió autorización para salir con Angélica, a quien semanas atrás había conocido en el Hospital Universitario, durante las prácticas profesionales de ambos. Esta petición originó una serie de cuestionamientos.

“No podemos detener el crecimiento de la gente, está por cumplir 18 años”, dijo Martha Vázquez al grupo de trabajadoras sociales, psicólogas y demás personas que estaban cerca del caso.

Además, parte de los procesos de adaptación a los cuales los 45 niños y jóvenes que en este momento viven en Casa hogar, está la vinculación con el mundo para integrarse a la sociedad: “A veces pueden llegar a explotar de soledad por las experiencias traumáticas que vivieron”.

Según cifras del INEGI, en Coahuila el 15.2% de la población infantil sufre maltrato físico, el 17.9%  emocional y un 31.9% sufre por omisión de cuidados.

Martha Vázquez, platicó que al llegar un niño, elaboran un plan de vida para darle seguimiento a la problemática. Contó que es difícil que una familia quiera adoptar a un niño grande, de entre 6 y 18 años, por lo que tratan de integrarlos a una familia, con parientes cercanos, el caso de Angélica: es distinto, muy distinto; no tiene familia a la cual reintegrarla.

De hecho si la tiene, pero imposible acercarla. Porque vivió experiencias traumáticas junto a ella, porque a veces es necesario no contar escenas. La forma en que Angélica baja la mirada cuando algún recuerdo asoma a su pasado, no puede mentir.

Por eso Martha sabe de las crisis que presentan los niños, por su pasado, el cual a veces es dilucidado por los expertos de Casa hogar en un año, cuando ellos se atreven a contarlos. El maltrato lo ven, explicó, como algo normal en sus vidas.

Y Martha Vázquez Campa, ha escuchado las preguntas que hacen los niños cuando comprenden qué les sucedió: ¿Entonces mi mamá me abandonó?… “Es cuando vienen crisis muy severas, tienen terror, pesadillas. Hay niños que se van sin entenderlo”.

Había, entonces, que tomar una decisión respecto a la propuesta de Fernando, el joven ese de 18 años, estudiante de enfermería, que había propuesto que lo dejasen salir con Angélica, 17 años, habitante de casa hogar desde los 12.

La hubo. Sí, iba a salir, una, dos, tres veces por semana un par de horas: al cine, al parque, a caminar, siempre y cuando Angélica se hiciera acompañar de algún trabajador de casa hogar. Una especie de chaperón.

Uno de los personajes en el que inmediatamente pensaron para tal empresa, fue en Karla Martínez Serhan, una voluntaria: 24 años, estudiante de la carrera de Diseño Industrial en Universidad Iberoamericana. Martha Vázquez, diría después: “Es nuestra experta en casos difíciles”.

***

Karla había iniciado en septiembre de 2007 como voluntaria, tenía que acumular horas como parte del servicio social en la universidad, donde le dijeron que Casa hogar no tenía nada relacionado con su carrera: “A mi me gustan los niños”, contestó. Desde que llegó, empezó a invitarlos a jugar, a que rellenaran dibujos con bolitas de papel de china.

Se había ganado la confianza de todos. Ella, una de las once voluntarias que en este momento tiene la casa en sus diferentes áreas. La primera impresión que tuvo de Angélica, fue de una niña sonriente: “Para qué desgastarme en enojos”, confiaría Angélica a Karla.

Siguió sus visitas, a veces sus ausencias por motivos académicos. Aquella tarde, mientras Karla estaba sumida en papeles, estrategias para darle forma a su trabajo de tesis, recibió una llamada, era Icela Velásquez Soria, tutora en casa hogar:

-¿Qué crees? Parece que Angélica tiene novio, queremos pedirte un favor, quieren verse fuera de casa.

Karla no pudo evitar sonreír, todo era tan extraño. Ni siquiera tenía hermanas menores, iba a cuidar las salidas de un par de jóvenes.

La primera vez que los acompañó, Angélica dijo:

-Bueno, ahorita nos vemos.

-¿Cuál “Nos vemos”? Yo los sigo.

Siempre a unos cuantos metros de ellos, leyó en esas salidas cuatro libros, uno de vampiros, otro de superación personal. Iban al bosque Venustiano Carranza,  Parque Fundadores, Parque Las Etnias: “Jamás fui chaperona, me sentía la hermana chiquita. Lo de ellos es algo muy limpio, muy sincero”.

Incluso, Fernando una vez le obsequió un boli, en uno de esos tantos lugares que frecuentaban y Karla no conocía, o no les había prestado atención en su vida. Supo de los problemas de la gente: “Son niños que requieren mucha atención. Yo nunca pregunto por qué están aquí, solo dos se me han acercado y me han dicho qué les pasó, son historias muy tristes”.

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Fernando se presentó una tarde en casa hogar, quería salir, conocer a la muchacha con la que platicó en el servicio social de la escuela de enfermería. Ahí estaba, afuera de casa hogar, cuando Icela Velásquez Soria, tutora, supo de su existencia.

Después de platicarlo, de investigar quién era Fernando, aceptaron. Icela Velásquez, recordó: “Con mucho gusto, dijimos que evitara venir aquí. La situación de Angélica es diferente por lo que ella significa, forma parte de su adaptación allá afuera”.

Quien acompañó las dos primeras salidas de la pareja, fue la anterior psicóloga: Esther Hernández, en una de ellas Fernando regaló un peluche, detalle que omitieron contar a las demás habitantes de la casa: “Después todas van a querer tener novio”.

Después le tocó a Icela acompañarlos, se sentía incómoda; mantenía la distancia, observando aparadores, entrando a tiendas: “Era como una mamá lejana. Fui en dos ocasiones, le dijimos a Fernando: ‘Te vas a adaptar a los tiempos de Karla’. Luego permitimos llamadas telefónicas a la casa, a veces es imposible que se vean”.

Con poco más de un año dentro de Casa hogar, Icela Velásquez definía a Angélica como una niña dispersa, ahora la nota diferente en este proceso de adaptación: “La veo muy contenta, llega de la escuela o del hospital con una sonrisa”.

-Es posible que chicas como ella puedan alternar dos cosas en su proceso, como la escuela y una relación. No dudo que va a lograr lo que se proponga en la vida.

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Era el mes de abril de este año. Le tocó hacer su servicio social en el Hospital Universitario, como parte de la carrera de enfermería. En esas visitas, de olores a hospital, conoció a Fernando, quien venía de otra escuela de enfermería de la ciudad de Gómez Palacio, Durango. Él no sabía vendar, ella le enseñó en una ocasión que les tocó trabajar juntos:

“La monjita me dijo que le enseñara a enrollar, después platicamos. Me ayudó a hacer el reporte de enfermería”.

Fueron dos semanas de convivencia, Angélica platicó donde vivía. Intercambiaron números celulares, porque a ella le permitían traer teléfono en Casa hogar.

Después le quitaron el teléfono, Martha Vázquez preguntó quién era ese Fernando que traía en el directorio. Dijo que un amigo, lo que todos sabemos, que lo conoció en tal lado y por tal situación. Así quedó todo.

Un día, Angélica estaba en clase de canto. La maestra pidió que llevara la grabadora fuera del aula. Pasó por recepción, vio a un enfermero, lo conoció:

-Hola…¿Qué haces aquí?

-Vine a pedir permiso para que salgas conmigo, quiero conocerte.

En Casa hogar pusieron condiciones, Fernando estaba nervioso. La tercera ocasión fueron al Bosque, Fernando preguntó si quería ser su novia: le robó un beso. Esa noche Angélica no durmió:

“No tenía sueño, me dolía la cabeza. Dije: ‘Ya sé en qué voy a pensar’. Escribí algunas cosas que luego rompí, aquí me dijeron que era una forma de desahogo: llorando, escribiendo, escuchando música”.

La siguiente salida le dijo que sí, Fernando dedicó una canción de grupo La Apuesta, “No me dejes de amar”; cuando Angélica está sola, la reproduce en la computadora. Y sonríe:

“Él me ayudó a superar una etapa. Me siento rara de que pongan  alguien que nos cuide, pero son las reglas… Es bonito lo que estamos viviendo, no le tenía tanta confianza a la gente”.

***

A finales de este año Angélica terminará la escuela. El 14 de enero cumplirá 18 años. Martha Vázquez, directora de casa hogar, explicó que le asignarán un hogar, una casa donde llevará una vida normal, ya no puede estar con ellos. Los seguimientos a su historial seguirán, no es su intención dejarla a su suerte.

Karla Martínez Serhan, está por terminar la carrera universitaria y el servicio social. Prometió regresar con sus bolitas de papel de china. Al preguntarle sobre Angélica, sonríe: “Yo siento que de ahí es. A veces le digo: ‘Ya vas a cumplir un año’. Nada más se ríe”.

One Response to “Dos en la ciudad… y una chaperona”

  1. jose castro Says:

    es real este relato, entonces que paso con angelica? y karla con sus estudios de Diseño Industrial


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